En pocas palabras…: Una peculiar historia de amor entre seres solitarios y necesitados de afecto, retratados con ternura, picardía, erotismo y emoción.
Lo que queda del día
El falso dilema entre azar y causalidad, y la posibilidad de lograr la felicidad aún en la cercanía de la muerte, son los temas principales de esta película del director alemán Sven Taddicken. Tomando como base una novela de Claudia Schreiber – “La felicidad de Emma” - este joven realizador nos cuenta con buen pulso la corta pero intensa historia de amor entre una granjera necesitada de dar y recibir afecto y un resignado empleado de una automotora al que le queda muy poco tiempo de vida.
Supongo que una de las cosas más difíciles para un director de cine debe ser mantener la frescura y el interés en historias que - como sucede en esta oportunidad - no ofrecen intriga alguna en relación a los hechos que se irán sucediendo. A pesar de cierto abuso del recurso de cámara en mano y de alguna situación resuelta de forma al menos insólita, Taddicken logra claramente ese cometido. Uno de los motivos principales para eso es la forma concisa y categórica con que, en breves pinceladas y rozando la fábula, se define a los personajes. Emma, por ejemplo, nos muestra su amor a los demás con la particular manera de matar a sus cerdos, a la vez que sus paseos en bicicleta - con un asiento que vibra más de lo normal - son la más clara demostración de una cuasi ingenuidad que no esconde algunas de sus necesidades no satisfechas.
Qué decir de la forma también contundente de presentar a Max, que al saber de su enfermedad terminal roba a su jefe y lo único que ansía es terminar sus días gastando ese dinero malhabido, sin saber que el azar le tiene guardada una postrera dicha que no pasará precisamente por lo material.
Algo similar pasa con el resto de los personajes, generalmente retratados con sumo cuidado y con un detalle especial: la fotografía - a cargo de Daniela Knapp - está continuamente pendiente de mostrar la interacción de las personas con el medio rural donde se desarrolla la historia. En este sentido son particularmente disfrutables algunas escenas donde la pareja central recorre la ciudad de manera bastante original, tratando de aferrarse, aún contra el tiempo, a esa inesperada felicidad que están viviendo.
El film también acierta en el planteo de una intencionada armonía, motivo por el cual se supera el riesgo de haber caído en algún golpe bajo bastante obvio. Situaciones propensas al derroche de lágrimas encuentran un sutil equilibrio en escenas que buscan, y generalmente encuentran, la sonrisa esencialmente desde la ternura y la picardía.
Esa armonía, al fin y al cabo propia de la vida, también está presente en la química que se establece entre los dos protagonistas principales, Jürgen Vogel (Max) y Jördis Triebel (Emma), que logran darle a su dura y a la vez esperanzadora historia de amor una genuina dosis de sensibilidad, erotismo y emoción.
Por Pablo Delucis para Cartelera.com.uy |